El Líbano sigue sumido en una crisis prolongada caracterizada por el colapso económico, la inestabilidad política y la inseguridad persistente tras la escalada de violencia de 2024. Hay muchas familias desplazadas, y las que regresan se enfrentan a dificultades para reconstruir sus vidas debido al deterioro de infraestructuras básicas, la interrupción de servicios esenciales y la pérdida de medios de subsistencia.
El país acoge a una de las mayores poblaciones de personas refugiadas de la región, provenientes de Siria, lo que ejerce una presión adicional sobre los recursos, los servicios públicos y las comunidades de acogida. Al mismo tiempo, el aumento de la pobreza y la inseguridad alimentaria afecta tanto a la población libanesa como a las personas refugiadas, dificultando el acceso a una alimentación adecuada, a la atención sanitaria y a oportunidades económicas sostenibles.
Las necesidades humanitarias siguen siendo elevadas, especialmente entre los hogares más vulnerables, los niños y niñas, las mujeres embarazadas o lactantes y las personas desplazadas, que afrontan mayores riesgos relacionados con la nutrición, la salud y la protección.