13/04/2011

Julien llegó hace tres días buscando refugio en la iglesia de Guiglo. Llegó con toda su familia: su mujer, sus hijos, primos, tíos y tías. 22 personas en total, de 3 a 45 años, que han recorrido 120 kilómetros desde Toulepleu, en la que tuvieron lugar distintos combates, hasta la ciudad de Guiglo.
Según el cura de la iglesia, son más de 3.500 las personas que han encontrado refugio en la ciudad tras pasar varios días escondidas en el campo, sin recursos para comer ni beber ni para desplazarse. Se han amontonado donde han podido en el campamento de la iglesia con las pocas pertenencias que pudieron salvar. Duermen dentro de la iglesia o alrededor de ella sin protección alguna de la lluvia.
Sin embargo, Guiglo todavía no ha vuelto a la normalidad: a menos de 10 kilómetros, la carretera es impracticable porque es demasiado peligrosa; el mercado de la ciudad y los pequeños comerciantes todavía no han retomado sus actividades por miedo a nuevas explosiones de violencia. “Siempre nos toca a nosotros, los ciudadanos, sufrir las consecuencias”, protesta Julien. “Yo, antes, trabajaba como funcionario en la ciudad. Hace algunos años volví al campo donde cultivaba cacao, arroz… Pero ahora lo he perdido todo: mis cosechas, mi casa, mis bienes, mis herramientas, todo… y mi mujer está embarazada. Tuvimos sólo el tiempo necesario para llevarnos algunos víveres y un poco de dinero, pero dentro de dos o tres días se nos acabará la comida”, señala Julien.
De momento, el cura trata de asegurar las necesidades básicas de los desplazados: ha organizado la limpieza del campamento, la construcción de letrinas, la distribución de comida… Los desplazados no quieren irse todavía: han pasado demasiado miedo y siguen muy asustados. “Nos quedaremos sin duda al menos uno o dos meses más, el tiempo justo para estar seguros de que la situación se ha tranquilizado”. Pero los recursos son limitados: los curas sólo pueden proveer a los desplazados una comida al día y durante un periodo limitado. “Conozco Acción contra el Hambre”, sigue Julien. “Cuando os vi llegar, pensé: ‘Gracias a Dios, tal vez ha llegado una solución’”.
De repente, unos disparos resuenan a algunos metros de distancia: desde el más anciano hasta el más joven, todo el campamento cae en un silencio total. Nadie se mueve, a la espera de saber qué está pasando. El miedo que todas estas familias han pasado estos días es palpable. “Vuestra sola presencia aquí es suficiente para mostrarnos que no se nos ha olvidado en medio de todo esto”, suspira Julien.
Los equipos de Acción contra el Hambre volverán dentro de algunos días para distribuir emergencia alimentos energéticos de emergencia, poniendo especial atención a los niños, los más vulnerables a la desnutrición.



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